• Julia Solomonoff, directora de  “Nadie nos mira”

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Julia Solomonoff, directora de “Nadie nos mira”

El pasado jueves 18 de mayo se estrenó en salas argentinas “Nadie nos mira”, tercer largometraje de la argentina radicada en Nueva York Julia Solomonoff. El filme tuvo su estreno mundial en Tribeca, festival en el que Guillermo Pfening se llevó el premio a mejor actor en la competencia internacional por su interpretación de Nico, un actor argentino que va a probar suerte a la gran manzana luego de un desengaño amoroso. “Nadie nos mira” es el resultado del trabajo en conjunto entre casas productoras de Argentina (Cepa Audiovisual y Travesía Producciones), Colombia (MadLove Film Factory), Brasil (Taiga Filmes e Video) y Estados Unidos (Aleph Motion Pictures y La Panda Productions).La película fue promocionado por el agente internacional FiGa en la pasada edición del Marché du Film de Cannes, y ha sido distribuido en Argentina por Primer Plano. LatAm cinema dialogó con Solomonoff sobre las experiencias de los extranjeros, la coproducción internacional y la situación actual del cine y la política de su país natal.

¿Cuánto de tu propia experiencia como argentina en Nueva York tiene el personaje de Nico?

Tiene todo. La verdad que es que Nico es muy cercano a mí, con la diferencia de que no soy varón y que algunas de las cosas que pasan son observadas, hay muy poca invención en la película. No tuve que ponerme en la piel de un personaje, al contrario, tuve que usar un actor para distanciarme un poco de algo que es para mí muy cercano. Nico surge de muchos años de vivir entre Buenos Aires y Nueva York con distintos malentendidos, cosas que en la gente se pierden cada vez que uno se pasa de un idioma a otro, de una ciudad a otra. Y cosas que se ganan también, porque hay muchas relaciones, miradas y perspectivas que uno adquiere, pero también hay mucho esfuerzo por traducirse, por pertenecer, por encontrar la manera de comunicarse con el otro, por leer al otro.

Yo ahora ya tengo más herramientas, pero en cierta forma Nico es como una foto mía de hace diez años. Yo vine a Nueva York a estudiar, a absorber la ciudad y su energía, estaba fascinada. Después fui conociendo los lugares un poco más amargos y duros que tiene la ciudad, las aristas más feas. Luego volví a Argentina, hice dos películas, tuve dos hijos, sentí que encontraba mi lugar y por razones de la vida volví a Estados Unidos y experimenté otra manera de extrañar, porque volvía como madre. Ahí empecé a cansarme mucho de lo que acá llaman las “mamás helicópteros”, que son esas mamás súper controladoras que están viendo a qué curso de computación o de música pueden hacer ir a los chicos a los dos años, toda esa cosa obsesiva de la alimentación y la salud y la competencia y la inteligencia que me agotaba. Entonces yo me hacía la que no sabía inglés y me sentaba con las niñeras a hablar en español toda la tarde, porque odiaba el discurso de las madres. Una vez, una amiga suiza que sufría por lo mismo dijo: “es cierto que Nueva York no te juzga ni por tu género, ni por tu religión, ni por tu ropa. Puedes salir desnudo a la calle, pero tienes un niño en la mano y todo el mundo tiene un juicio para emitir”. Si lo haces bien, si lo haces mal, cómo hay que hacerlo, es una cultura muy controladora de determinadas cosas. Es raro porque hay como una autopromoción de Nueva York como un lugar de gran libertad, pero no sé si es tan así.

Tu película es una coproducción entre varios países y en los créditos finales sorprende la cantidad de nacionalidades que trabajaron en el equipo ¿Por qué decidiste que fuera tan internacional y cómo fue ese proceso?

La verdad es que tomó mucho tiempo, pero estoy muy orgullosa de haber generado ese nivel de puentes, colaboraciones, diálogos e intercambios. Mi película anterior, “El último verano de la Boyita”, sucedía en Entre Ríos, en un campo. Era una película rural, entonces ahí las colaboraciones tenían que ser obviamente mucho más domésticas. Si bien fue una coproducción con España y Almodóvar fue el coproductor, yo no quise ni siquiera traer un técnico español o un actor español, porque quería que todos se pudieran mimetizar con ese paisaje y con ese pueblo. Cuando cambias a Nueva York es casi lo opuesto: cuantas más nacionalidades, colores y acentos tengas, más genuina es la película. Entonces hay una combinación de lo productivo con lo estético. Había un guion que yo había escrito que estaba ambientado en un 80% en Nueva York, y en ese momento en Argentina no se podía sacar un dólar legalmente, entonces si bien Argentina representa un 50% de la producción, yo no podía gastar dinero en Nueva York y estaba obligada a buscar socios. En Estados Unidos tuvimos a Colombia y Brasil que junto a Argentina armaron coproducción oficial a través de los tres institutos de cine. También contamos con el apoyo de Ibermedia, y para mí es súper valioso que hayan entendido que la película es iberoamericana, aunque no esté filmada en territorio latinoamericano porque tiene más del 50% de los diálogos en español y una temática latina. Yo fui haciendo una tarea de productora ejecutiva reuniendo amigos, voluntades y fuerzas. En el equipo hay gente de España, Líbano, República Dominicana, Estados Unidos. Sí, somos muchos, a veces los emails son larguísimos porque todo lo hicimos entre siete, pero la verdad es que siento que eso le agrega intercambio, visibilidad y alcance a la película. A su vez demuestra que la película tiene una resonancia en distintos lugares de distintas maneras. No es una peli solamente sobre Nueva York, sino que habla de las experiencias humanas.  

" Yo siento que soy de la generación del cine latinoamericano, y por eso para mí es tan importante producir y apoyar películas de esa comunidad."

“Nadie nos mira” presenta una mirada latinoamericana pero a la vez tiene algo del indie estadounidense. ¿Vos cómo te ves como realizadora y con qué tipo de cine te sentís más identificada?

Me gusta la idea de estar en ese límite. Yo no me siento parte del indie americano. Si bien es algo que miro y respeto, me siento mucho más una directora latinoamericana que está en este momento en Nueva York, de hecho no soy ciudadana americana entonces tengo el privilegio de poder observar pero no necesariamente tener que adherir. Yo siento que soy de la generación del cine latinoamericano, y por eso para mí es tan importante producir y apoyar películas de esa comunidad. Que yo esté aquí tiene que ver con varias circunstancias, y lo estoy disfrutando mucho porque acá soy profesora de NYU y soy testigo de nuevas generaciones de todo el mundo que están generando nuevas películas. Tengo una alumna de Afganistán y la película que ella está preparando para mí es increíble. Y es un privilegio estar acá y poder ver lo que está haciendo alguien de Irán, de Afganistán, de Chile o de Canadá.

El estreno en Argentina se dio en medio de muchos cambios en el cine local ¿Qué piensas sobre lo que está ocurriendo?

Apoyo mucho la gestión de Pablo Rovito, a quien conozco personalmente. Y a Alejandro Cacetta lo conozco profesionalmente, sé que es una persona honesta, trabajadora, que tiene mucha aprobación en la industria. La última vez que estuve en Buenos Aires vi lo que es la ENERC. Yo estudié ahí hace 20 años y no puedo creer la infraestructura que se ha armado, me parece ejemplar. Actualmente doy clases acá en escuelas de 50 mil dólares al año y son muy buenas, pero no tienen la infraestructura que tiene en este momento la ENERC. NYU sí, pero Columbia no la tiene, por ejemplo. Me pareció tremendo que quieran atacar en este momento a gente que está tratando de hacer las cosas bien, es muy injusto. Lo que más me preocupa de toda esta movida es que siempre hay como una idea de que el cine argentino está subsidiado y que le saca la plata a los jubilados o a los hospitales, y no es así. El cine argentino está autosubsidiado por la industria del entretenimiento y la televisión, siguiendo un modelo francés que es excelente. Nadie se queda sin comer o sin médico por culpa de una película argentina, eso es una ficción que yo vengo escuchando desde el menemismo y cada tanto te vienen con eso. Lo que pasa es que hay gente que quiere seguir saqueando, así como se han saqueado tantas cosas, por ejemplo el CONICET, pero legalmente no puede haber objeciones a cómo se sostiene el cine argentino y a la importancia de eso.

¿Qué recorrido tendrá la película a futuro?

Estamos armando el recorrido europeo y viendo posibilidades de estrenar en Estados Unidos. Sentimos que Tribeca era el lugar perfecto para estrenar porque es un festival muy enraizado en Nueva York entonces eso nos ayuda con la visibilidad de la película. Cada vez es más difícil estrenar comercialmente en EE.UU. películas que no sean en inglés y de acción. No hay negocio, es perder plata, lo que pasa es que se hace para poder después levantar las ventas en streaming o en VOD, de otras maneras. Pero hoy en día es muy difícil que una película chica haga dinero en los cines estadounidenses, entonces es un camino azaroso, pero creemos que si alineamos bien las cosas tenemos una chance. Siempre dentro de las expectativas del cine independiente, no estoy haciendo cine de Hollywood ni es eso lo que estoy buscando. Son cines de autor, cines chicos, pero con una audiencia inteligente, crítica, respetuosa y comprometida, que es lo que uno quiere en realidad.