• Alvaro Brechner, director de “La noche de 12 años”

  • Alvaro Brechner, director de “La noche de 12 años”

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Alvaro Brechner, director de “La noche de 12 años”

La dura historia de las penalidades de Mauricio Rosencof, Eleuterio Fernández Huidobro y José “Pepe” Mujica durante su largo cautiverio está, entre otros elementos, hábilmente oxigenada, por la presencia de la mujer en el relato, las estratégicas dosis de humor, el equilibrio entre las subtramas de la historia y una magnífica, envolvente banda sonora a cargo de Federico Jusid y Silvia Pérez Cruz. Respecto a los actores principales –“Chino” Darín, Antonio de la Torre y Alfonso Tort—brindan un equilibrado recital de contención, matices e intensidad.

Producida por  las españolas Tornasol y Alcaravan AIE, en coproducción con las argentinas Haddock Films y Aleph Media, la francesa Manny Films y la uruguaya Salado Media, y la participación de Movistar+ y Netflix, “La noche de 12 años” tuvo su estreno mundial en el festival de Venecia (Orizzonti), y próximamente participará en el Festival de San Sebastián, Biarritz y Busan. Las ventas internacionales las administra la española Latido Films.

Con tres películas, una comedia negra con toques de “noir” (“Mal día para pescar”), una comedia seria impregnada de singular humor judío (“Mr.Kaplan”) y ahora el drama de supervivencia o thriller existencial que es “La noche de 12 años”, el uruguayo Brechner se convierte en una de las miradas más singulares y versátiles del cine latinoamericano contemporáneo.

La película está basada en el libro escrito por Rosencof y Fernández Huidobro, los dos compañeros de Mujica durante ese infierno de doce años. ¿Cómo trabajaste ese material tan comprometido y autobiográfico?

Sobre todo es un libro testimonial. Es un libro de entrevistas con voluntad de dejar testimonio de lo que fueron esos años de aislamiento. El desafío para dramatizarlo en forma cinematográfica era muy alto, entre otras cosas porque los recuerdos siempre forman parte de algo muy personal y no siempre organizado. Tenemos que pensar que fueron hombres que vivieron en pleno aislamiento sin capacidad de construir una narrativa de los hechos. Estaban encerrados en paredes de dos metros donde no se apreciaba la diferencia entre el día ni la noche, ni el mes en el que vives, salvo porque te congelas en invierno y te asas en verano… Esa sensación de confusión mental permanente fue para mí lo más importante para transmitir.

Fue pues, el lugar emocional, histórico para empezar el viaje…

Sí, partimos de esa fuente de documentación esencial, pero fueron casi cuatro años de investigación plagados de entrevistas con los tres. Empezamos a trabajar cuando de hecho Mujica era ya presidente de Uruguay y yo aún no había empezado a rodar “Mr.Kaplan”. Lo cierto es que, al principio, no estaba nada clara la forma cinematográfica que íbamos a dar a todas aquellas ideas iniciales.

Aparte también yo necesité adquirir cierta “legitimidad”, perspectiva sobre la historia y por eso llevamos a cabo innumerables entrevistas con otros rehenes y testimonios de aquella época –militares, políticos… Uno parte de cierta base obligatoria que tiene que ver con la reconstrucción de la época pero, para mí, no fue esto lo esencial ni lo que me motivó a hacer la película. Mi intención fue retratar el universo mental de estas personas a las que les fue quitado todo aquello que tiene un ser humano y qué hacen ellos para mantener su condición de seres humanos en circunstancias tan extremas.

¿Qué necesidad tuvieron ellos de escribir el libro y cuál fue la tuya?

Yo creo que la necesidad de ellos fue la de dar testimonio de su experiencia. Hay un libro de Viktor Frankl, neurólogo superviviente del Holocausto (“El hombre en busca de sentido”) reflexionando sobre lo que hace que un hombre, en un campo de concentración, sea capaz de sobrevivir, porque a priori lo normal es que un individuo en una situación así sea arrastrado por el abismo de la locura y la destrucción interna. Indagar en esto fue mi voluntad.

"Realizar un viaje, no hacer turismo. Esa es la idea. Yo me siento un privilegiado de poder haber llevado esta historia al cine, de haber observado ese milagro de la condición humana que, ante condiciones tan tremendas, aún muestra que hay esperanza. "

¿Qué les salvó?

Yo les hice esta misma pregunta a ellos que, la verdad, son quienes creo que debieran contestar. Mujica me dijo un día: “¿cómo sabemos de lo que podemos ser capaces si no somos puestos ante las peores circunstancias?”. Yo le pregunté cómo se hace para resistir en una situación tal y Mujica me dijo que, sometido a esa situación extrema, el hombre busca sobrevivir como puede. Ellos tuvieron una fortaleza mental inmensa por la que pudieron recrearse a través del pensamiento, que es el único espacio en el que nadie, sino ellos, podían entrar. Emplearon su imaginación, sus fantasías, sus recuerdos, su sentido del humor. Creo que todos tuvieron muchos momentos de desesperación y miedo a caer. Mujica mismo estuvo al borde de la locura. Como narrador, esto es lo que me interesó: cómo el ser humano a través de la mente es capaz de sobreponerse. El espíritu de supervivencia es muy particular y sólo emerge en una situación límite…

Pero también abandonarse a las circunstancias, dejarse llevar y rendirse podría ser muy “humano”…

Hay algo muy estoico que a ellos les ayudó a llegar a la salvación. Algo que por otro lado caracterizó la carrera presidencial de Mujica. Un día, él me dijo: “Yo no sería quien soy si no fuera por todo el tiempo que pasé siendo yo mismo”, refiriéndose a aquellos doce años.

Cuando se reduce todo el ámbito de lo que consideras humanidad y que todo se limita a comer lo mínimo, hacer tus necesidades y respirar… ¿qué es lo que te queda y qué te diferencia de un animal cualquiera? Esa idea de que “no es feliz quien más tiene sino quien menos precisa” está en la base de un estoicismo muy benéfico. Yo creo que ese descenso a los infiernos de doce años, de alguna forma resultó revelador para Mujica… Esa necesidad de buscar lo esencial… creo que fue lo que les ayudó a sobrevivir. Y no sólo sobrevivir, sino de la forma en que lo hicieron, que no salieron con ningún afán vengativo.

En esa intención de hacer un retrato del aislamiento absoluto, ¿Cuáles fueron tus dificultades y decisiones más importantes?

 Para mí fueron muy importantes las mujeres -las compañeras, la hija, las madres… Gran parte de la investigación fue el tratar de llegar a otros ámbitos más allá del recinto carcelario. A mí me importaba menos el llegar a describir cómo fueron aquellos años que el examinar cómo la condición humana se comportaba y transformaba en aquel aislamiento extremo. Y por eso también quise incluir el elemento femenino de diferentes maneras. Por ejemplo, cuando en ese momento que Mujica está al borde del colapso, llega la madre y le dice: “no, tú tienes que sobrevivir, tienes que seguir manteniendo esta lucha para para conservarte como hombre”.

¿Puedes darnos algunos detalles de la aproximación visual que has construido sobre estas intenciones?

Quería que la cámara se mostrara tan confusa como los personajes, que nunca se adelantara a los personajes. La cámara está en un lugar privilegiado, pero no sabe lo que va a pasar. Por un lado quería una cámara con cierta aproximación expresionista, pero por otro, que fuera lo suficientemente “sucia” para alimentar esa confusión de los eventos. Casi lo que ellos no ven, tampoco lo ve la cámara. Mi intención fue impregnar a la cámara de la desorientación sensorial que estos hombres tenían. Esto exigió generar momentos de confusión en los que la escena cobraba vida desde el momento en que decíamos “¡acción!”, incluyéndose así muchas cosas inesperadas. Tanto los actores, los técnicos… como la cámara estaban muy atentos a lo inesperado, íbamos descubriendo cosas nuevas mientras íbamos rodando.

Para mí, en este sentido, una de las reflexiones más elocuentes la hacía Lumet cuando decía que el buen estilo es el que no se ve sino el que se siente. De manera que el “qué” tenía que fundirse con el “cómo”.

Dentro de los límites dramáticos del arte cinematográfico, mi voluntad fue tratar de aproximarme al máximo a lo experiencial. Es como la diferencia entre el turista y el viajero. Entre aquel que ve una película para seguir una historia y el viajero de verdad que visita ese ámbito oscuro, como lo hizo Jack London en “El peregrino de las estrellas”.

Mantuve reuniones con psicólogos, con fisiólogos, para investigar la vida en aislamiento –y que aún sigue existiendo– acerca de cómo se desarrolla la mente y capacidad sensorial en esas circunstancias. Nosotros recibimos información muy diversa por nuestros sentidos y el cerebro lo va poniendo todo en su sitio. El problema es cuando nuestros sentidos empiezan a fallar y no se dispone ni del horizonte como referencia. El cerebro empieza a hacerse un lío

 Has llevado a cabo una exploración analítica del aislamiento total. Pero no se trata de una película carcelaria…

 No, no lo es a pesar de algunos elementos anecdóticos que la acercan como el comienzo circular en 360º. Y entre otras razones, no es una película carcelaria porque hay dos cosas que siempre están presentes en este género y no lo están en “La noche de 12 años”: el intento de fuga y la socialización en la cárcel, la recreación de una micro-sociedad en el recinto penitenciario. Nada de esto sucede aquí. Ni ellos se intentaron fugar nunca ni les fue permitida relación alguna. Es una película sobre el descenso a la profundidad del infierno mental. Para mí era esencial que la propuesta visual fuera así de “sucia”, que saliera del estómago. En el fondo es una película dura, pero la violencia es profundamente soterrada. No hay una recreación estética sobre la violencia. Aquí se trata de dibujar otro tipo de oscuridad.

Realizar un viaje, no hacer turismo. Esa es la idea. Yo me siento un privilegiado de poder haber llevado esta historia al cine, de haber observado ese milagro de la condición humana que, ante condiciones tan tremendas, aún muestra que hay esperanza. El ser humano es un bicho capaz de lo peor, pero aún así es también capaz de sorprenderse a sí mismo. Como espectador y director, para mí las únicas películas que valen la pena son aquellas que tratan de explorar la condición humana.