• Everardo González, director de “La libertad del diablo”

  • Everardo González, director de “La libertad del diablo”

Everardo González, director de “La libertad del diablo”

Everardo González, uno de los maestros del documental mexicano contemporáneo, presentó en el último festival de Berlín su séptimo y sobrecogedor largometraje documental, “La libertad del diablo”, producido por Artegios (la productora del realizador) y Animal de Luz, la compañía de Inna Payán (“La jaula de oro”, de Diego Quemada‒Díez). En Berlín obtuvo el premio de Amnistía Internacional y en Guadalajara los de Mejor Documental Iberoamericano, Mejor Película Mexicana y Mejor Fotografía.

 

Detrás de una colección de testimonios de sicarios, torturadores, desertores y víctimas de la violencia en México, en el documental de González (“Los ladrones viejos. Las leyendas del artegio”, “El Paso”) palpita una meditación sobre el crimen, la venganza, el perdón y la memoria única que brota ‒al mismo tiempo desde la emoción y la serenidad‒, frente a los testimonios descarnados, los planos suspendidos y los silencios prolongados llenos de singular tensión.

En el anuario estadístico de IMCINE del año 2016 se consignan un total de 66 documentales largometrajes producidos en México, lo que es una prueba elocuente de la salud del género. “La libertad del diablo” es el brillante ejemplo de un maestro.

Si para el público es duro ver “La libertad del diablo”, intento imaginarme lo que fue hacer esta película…

Sí, fue muy duro. Finalmente, es un documental psicológico. Es una confesión frente a una cámara. Una cámara que soy yo. Hay como mucho odio, mucho dolor, mucha impotencia detrás del testimonio y eso es lo que finalmente uno se lleva a la casa (…). Siento un gran alivio finalmente de estar proyectándola. No sólo por el descanso natural de verla acabada, sino de terminar una historia muy oscura en la que pasé cinco años de mi vida.

¿Con qué actitud esperas que se reciba?

Espero que se discuta no sólo en términos de lo que pasa en México. Atravesamos por un momento muy coyuntural en relación a la película, porque la película habla del ejercicio del poder para inyectar miedo y provocar odio y división y eso es lo que está viviendo el mundo hoy: un escenario de impunidad para el poderoso, para quien busca el poder…, eso es lo que está pasando, por ejemplo, en las primeras semanas durante la administración de Donald Trump: es el ejercicio del poder crudo, sin compasión ni empatía.

¿Por qué se hacen tantos y tan buenos documentales en México?

Creo que hay una escuela, una herencia general ‒no sólo de imagen en movimiento, sino propiamente de género documental‒, una tradición poderosa de vinculación con el testimonio, con la crónica, desde lo que se filmó en la Revolución mexicana, a lo que se hace ahora en reportaje gráfico, en cine. México es un país tan poderoso en historias, muy complejo y contradictorio, donde el drama está permanentemente fraguándose. Esto se suma a la mencionada tradición de cronistas. En este sentido, tenemos un legado muy importante, y no sólo los mexicanos. Nuestra historia de conquista está basada toda en las Crónicas de Bernal Díaz del Castillo (una vez más, las crónicas). Carlos Monsiváis fue un gran cronista, José Revueltas, los mismos Octavio Paz, Juan Rulfo… eran grandes cronistas.

Tú eres un cronista, no haces ficción, pero cuentas historias.

Sí, exactamente, en mi trabajo me acerco mucho a lo que llaman el periodismo narrativo.

¿Te sientes parte de una generación de documentalistas?

 Sí, me veo como parte de una generación, sí. Creo que cuando hice mi primera película (La canción del pulque”), a pesar de ser muy despreciada, junto con otro grupo de películas alrededor de ese año se fundó algo. Algo cambiaron estas películas. Allí estuvieron Juan Carlos Rulfo (“Del olvido al no me acuerdo”, “En el hoyo”), Mercedes Moncada Rodríguez (“La pasión de María Elena”, “El inmortal”). Somos los herederos de Nicolás Echeverría (“María Sabina, mujer espíritu”, “Eco de la montaña”), que experimentó mucho con el cine de no‒ficción, por llamarlo así. Creo que la industria mexicana sigue inspirando a muchas cinematografías desde aquellos años.

"El mundo está hoy asistiendo al ejercicio del poder para inyectar odio y división-"

Después de este ejercicio de introspección sobre la violencia, ¿a qué conclusiones has llegado sobre ella?

Primero que México es un país que ha afincado su historia en sangre. Todos los procesos históricos relevantes han estado bañados de sangre. Sí somos ‒creo‒ una sociedad violenta. Y por otro lado, creo que en lo que se apuntalan tanto México como el mundo es en el sistema económico, en la idea que genera en el ser humano de la necesidad de no ser un excluido. Hay un momento en el documental en el que un sicario recibe una recompensa, un Audi 3, por su primera muerte a sus 14 años. Él, que pensaba en cualquier auto, recibe ese precisamente. Ese Audi es una metáfora del porqué suceden tantas cosas. Esa persecución por el estatus, por el ejercicio del poder. Un poder que, además, te otorga impunidad.

Hay muchos conceptos abstractos en la película (la venganza, la piedad, el perdón). Casi me atrevería a decir que es un trabajo de investigación filosófica.

Es una película psicológica y filosófica. Totalmente. Una de las dudas que tengo y que yo planteo en la película es si todos somos capaces de cometer atrocidades… y la película revela que sí, que la búsqueda de venganza por el dolor te puede poner del lado de los atroces también… y ¿quién puede juzgar eso? 

¿Y es posible el perdón?

También creo que hay compasión. Sí, también creo que hay perdón.

¿Y de dónde puede venir?

Muchos lo basan en la fe que, finalmente, sigue siendo el gran contenedor de muchas cosas. También están la compasión, la empatía… Pero fíjate lo que pasó en Colombia con el no. La gente voto no y ganó el no [en el plebiscito celebrado el 2 de octubre de 2016 se rechazó el acuerdo de paz que el gobierno del presidente Juan Manuel Santos negoció durante cuatro años con las FARC], Argentina, por su parte, no logró la amnistía… Son conceptos complejos, porque es difícil opinar cuando no se es víctima. Para mí es importante que sean ellos los que opinen en la película y no yo.

¿Tuviste temores a la hora de encapuchar a todos los testimonios, por si el resultado se saturaba de talking heads?

Por supuesto. De hecho, el primer corte de la película no estaba basado en los rostros, pero surgió una fascinación absoluta por esos rostros ‒eran un imán‒ y esas miradas que nos hicieron mantenerlos. Lo pidió la misma película: que fueran esas caras enmascaradas las que contaran la historia.

Cuando las lágrimas humedecen la máscara, el efecto es sobrecogedor. Privándole de representación dramática y “natural”, consigues dramatizar mucho más el relato…

Ese momento es clave, sí. Los talking heads pueden saturar siempre el conjunto, a menos que sean de Eduardo Coutinho (“Cabra marcado para morrer”, “Ultimas conversas”). Coutinho es un genio para mí, es el gran inspirador, sabe cómo conmover mucho con el rostro del otro. Pero ese era mi miedo, por supuesto. Porque yo estaba haciendo lo contrario a lo que hacen los defensores de los derechos humanos, que es ponerles voz y rostro a las víctimas. Yo se lo estaba quitando (…). Pretende ser una película anti-dramática en ese sentido.

Los diálogos ofrecen perlas como esta declaración de un joven sicario: “es bien bonito ver cómo la gente huye de ti”.

Sí… ¿qué guionista escribe eso? Rulfo, si acaso, ¿no?

¿Puedes avanzarnos algo de tu próximo proyecto?

Ahora estoy haciendo un documental muy luminoso … es un retrato de diez desiertos del mundo, hablando sobre la relación del hombre y el entorno, el hombre y sus bestias. Algo que me suavice la vida también, después de esto (ríe). Tengo ya cinco desiertos filmados. Me faltan los otros cinco. Tengo Gobi (en Mongolia), la parte no política del Sahara (Marruecos), Atacama (Chile), Paracas (en Perú), Rajastán (en la frontera de la India y Pakistán) y este año espero hacer el de Arizona.

Foto poratda © Fernando Montiel Klint – Berlinale.