• Julio Chavezmontes, cofundador y director general de la productora y distribuidora mexicana Piano

    Julio Chavezmontes.

  • Julio Chavezmontes, cofundador y director general de la productora y distribuidora mexicana Piano

    "Annette" de Leos Carax.

  • Julio Chavezmontes, cofundador y director general de la productora y distribuidora mexicana Piano

    "Bergman Island" de Mia Hansen-Løve.

  • Julio Chavezmontes, cofundador y director general de la productora y distribuidora mexicana Piano

    "Memoria" de Apichatpong Weerasethakul.

Julio Chavezmontes, cofundador y director general de la productora y distribuidora mexicana Piano

Piano es un estudio creativo fundado en 2011 por Julio Chavezmontes y Sebastián Hofmann que ha logrado una hazaña sin precedentes: por primera vez en la historia, tres de las 24 películas que compiten por la Palma de Oro en la Competencia Oficial de Cannes cuentan con la participación de una misma empresa productora. Piano coproduce el largometraje inaugural del festival, el francés “Annette” de Leos Carax, además del filme francés “Bergman Island” de Mia Hansen-Løve, y el tailandés “Memoria” de Apichatpong Weerasethakul. LatAm cinema dialogó con el productor y guionista Julio Chavezmontes sobre los logros de la compañía y la actualidad del cine independiente. 

Teniendo en cuenta la siempre escasa participación latinoamericana en las diferentes secciones de Cannes, es aun más sorprendente que una productora cuente con tres títulos en la Competencia Oficial, ¿qué factores toman en cuenta para decidir en qué proyectos involucrarse? 

Lo primero que buscamos siempre es sorprendernos, encontrar esa sensación de una búsqueda personal que esté dispuesta a empujar las fronteras del cine, de lo que pensamos que es posible con la expresión cinematográfica. Eso sin duda viene acompañado de una sensación de riesgo, porque puede salir muy bien o muy mal, y es al filo de eso que nosotros nos sentimos emocionados de sumarnos a un proyecto. La otra parte importante es una sensación de complicidad, de que todos los que estamos haciendo el proyecto vamos a lo mismo, de que hay una colaboración genuina entre las partes, un diálogo y un intercambio. Esos son los dos ejes fundamentales, ya después, cómo les vaya a los proyectos, no lo sabe absolutamente nadie. 

Además de la elección de las historias, ¿tienen preferencia por ciertos países o empresas productoras? 

Por países te diría que no, pero por productoras, sin duda. Hay gente con la que hemos tenido la fortuna de colaborar en múltiples ocasiones y siempre ha salido bien. Por ejemplo, el origen de nuestra participación, tanto en “Bergman Island” como en “Annette”, se remonta a 2014, cuando produjimos “Tenemos la carne”, la ópera prima de un director mexicano. En ese momento tuvimos un coproductor francés, el director Yann González, y nos hicimos muy buenos amigos. Cuando terminamos la película, Yann (González) me preguntó si me interesaba leer el guion de su segunda película, que por supuesto me interesaba, porque yo soy un gran admirador de su ópera prima, “Reencuentros de medianoche” (“Les Rencontres d’après minuit”). Leí el guion y me pareció maravilloso. Era una película difícil, sin características evidentes que garantizaran grandes festivales o facilidad para conseguir fondos, pero eso no nos importa, es parte del reto. Yann (González) me presentó entonces a Charles Gillibert, su productor francés, y con él la relación también fluyó muy bien. Terminando “La daga en el corazón”, que finalmente tuvo su estreno en la Competencia de Cannes en 2018, Yann (González) tenía en puerto la película de Mia Hansen-Løve, entonces nos sumamos a ese proyecto también. En 2019, Charles (Gillibert) me buscó para platicarme sobre la película de Leos Carax, “Anette”. La historia de este proyecto es larga: Leos empieza a hablar de la película en 2012, Adam Driver está en la película desde muy pronto y siempre se mantuvo fiel al proyecto. En 2019, Charles (Gillibert) busca socios para levantar el proyecto y ahí es donde nos sumamos todos los productores de la película y sale relativamente rápido. Pero todo esto viene de relaciones formadas a lo largo de los años, de una complicidad, de un entendimiento mutuo de formas de trabajar. Lo más importante de un proyecto es que todos entiendan de qué va y a qué van, que haya una sensación de que nadie sobra. Porque si estás en un proyecto y no estás en sintonía con la sensibilidad del proyecto o con lo que requiere y necesita, se vuelve un suplicio para los involucrados. No hay ningún sentido en participar en algo solamente porque viene acompañado de alguien con una trayectoria muy importante: si tú no entiendes o no te ves en el proyecto de una forma en la que puedas sumar, si sientes que de partida tu punto de vista es un obstáculo, no hay peor experiencia imaginable.

Lo que dices sobre la necesidad de asumir riesgos en cada producción me lleva a pensar en los orígenes y la evolución de Piano, que es una empresa relativamente joven que ha crecido muy rápido. ¿Cuando la fundaron tuvieron el objetivo de convertirla en una productora de referencia internacional? 

Piano está por cumplir diez años y jamás en la vida nos hubiéramos imaginado estar así, aunque la hayamos iniciado con ese espíritu. Piano nació para producir “Halley”, película que escribimos juntos con Sebastián Hofmann y que yo produje y él dirigió. Creo que ahí estaba el germen de la filosofía de la productora porque se hizo con amigos, con muchísima gente cercana que estaba haciendo su primera película. Y tenía esa sensación de riesgo, porque con un presupuesto ínfimo nos fuimos a filmar los últimos cinco minutos de la película al Polo Norte, a Groenlandia.  De repente, de ser 30 personas en la Colonia Roma aquí en Ciudad de México, éramos cuatro a 30 grados bajo cero. Fue una demencia, pero era justamente la búsqueda de cruzar fronteras, de llegar a lugares un poco insospechados, lo que de alguna forma se convirtió en la identidad de Piano a lo largo de los años. Una apuesta por la complicidad con la gente con la que hacemos cine, valorando muchísimo la sintonía entre todas las partes y tomando riesgos, confiando en que si intentas hacer algo nuevo, incluso si fracasas, estás empujando en la dirección correcta.

"Lo primero que buscamos siempre es sorprendernos, encontrar esa sensación de una búsqueda personal que esté dispuesta a empujar las fronteras del cine, de lo que pensamos que es posible con la expresión cinematográfica."

Piano ha crecido en estos 10 años, incorporando la distribución y una plataforma digital, Play Piano. ¿Cuál es el rol de Piano en el acceso del público a estos contenidos más arriesgados?

Justamente esa fue la razón por la que empezamos la distribuidora en 2014. Lo hicimos en sociedad con Andrea Castex con ese objetivo: encontrar una manera de hacer que los proyectos, no solo los que hacíamos, sino también otros que considerábamos que se ajustaban a esa filosofía, pudieran alcanzar un público. Sin duda es un reto importante que enfrenta todo el cine independiente, incluso el de corte comercial. A nivel de producción, yo siempre he pensado que realmente existen dos tipos de cine, y no tiene nada que ver con géneros o con orientación. Existe el cine independiente, que puede ser comercial o de arte, y el cine de studio, que tiene el respaldo de algún major en Estados Unidos. Este último también puede ser autoral, como es el caso de las películas de Wes Anderson, Sofia Coppola, Guillermo del Toro, Alfonso Cuarón o Alejandro González Iñárritu. La diferencia no sólo es la cantidad de recursos, sino también el poderío mediático que tiene un estudio de Hollywood para que el público sepa de la existencia de un proyecto antes de que se filme el primer fotograma y para negociar los espacios en salas en múltiples países. Realmente es una infraestructura que no tiene comparativa. Frente a eso, el reto siempre es cómo lograr posicionarse. En México se dice que se hace muy buen cine, pero hay muy poco acceso por parte del público. Yo lo entiendo, pero en definitiva este no sólo es un reto que enfrenta todo el mundo, sino que también es un proceso. En el caso específico de México, es una industria que realmente renació alrededor de 2006, cuando se puso en marcha el estímulo fiscal EFCine. Previo a eso se hacían pocas películas, no había una industria sino una actividad cultural, pero poco a poco comenzó a volverse habitual que películas mexicanas superaran los 2 millones de espectadores. Nosotros estrenamos “Halley” en salas en 2012 y creo que fueron 14 mil o 16 mil espectadores. Con nuestra segunda película en 2018,”Tiempo compartido”, fueron 136 mil. El crecimiento realmente ha sido mucho, lejos del que queremos, pero hay que seguir apostando e impulsando la diversidad de espacios. Es por esto que surgió este nuevo catálogo en línea, reconociendo que, más allá de la pandemia, hay que facilitar las formas de mirar las películas.

Otro indicador del buen momento de la industria mexicana es la presencia en las secciones oficiales de Cannes. Además de los tres títulos de Piano, fue seleccionada la nueva película de Tatiana Huezo, “Noche de fuego”, y “La civil” de Teodora Ana Mihai, con coproducción de la mexicana Teorema. ¿Cómo evalúas la actualidad de la producción en tu país y qué cambios crees que deberían hacerse para mejorarla? 

La industria cinematográfica en México atraviesa un gran momento. Me emociona muchísimo la presencia de “Noche de fuego” y “La civil” en Cannes; son testimonio de un momento de la industria que ya no es casualidad. En los últimos años, México siempre ha tenido presencia en los máximos festivales del mundo, y cada vez es más común ver talentos mexicanos en proyectos importantes, y no sólo en roles de dirección o guion. Jaime Baksht y Carlos Cortés hicieron el sonido de “Sound of Metal” y ganaron absolutamente todos los premios. Eso habla de una industria que está en un momento excelente, resultado de políticas públicas que fueron conquistadas por esta comunidad. El cine mexicano se encuentra en una coyuntura delicada en el tema de estas políticas públicas, lo cual no es nada nuevo. Creo que, más allá del cine, México tiene un patrimonio cultural extraordinario y una clase política que jamás lo ha sabido valorar. Todos los presupuestos, fondos y apoyos se han logrado a través de grandes luchas. Seguimos teniendo a IMCINE, que me parece el mejor instituto público de cine del mundo, con un liderazgo comprometido con fortalecer el cine, con ideas muy importantes sobre inclusión y pluralidad. Pero el gran reto han sido los enormes recortes en cultura, la desaparición el año pasado de Fidecine y Foprocine, dos de las tres herramientas que existían aquí para impulsar el cine independiente. Sobrevive la más grande e importante, Eficine, y se constituyó una alternativa que se llama Focine, un fondo que recoge ideas e iniciativas muy positivas, pero se enfrenta al reto de si es viable o no hacerlo fuera del mecanismo de un fideicomiso. Igualmente, esto no es un problema de ahora; siempre se ha tenido que luchar y se seguirá en la lucha. Hay que garantizar que sigan surgiendo nuevas voces, porque si desaparecieran todos los mecanismos de financiamiento, la gente que ya está establecida encontraría otras vías. Por ejemplo, actualmente México tiene una presencia muy importante en las plataformas, aunque llamarlas plataformas es un error: Netflix o Amazon son estudios de Hollywood que tienen plataformas. La gente que está consolidada siempre va a tener caminos, lo importante es asegurarnos de que los que empiezan tengan los mismos fondos y estímulos que tuvimos los demás para poder consolidarnos; esa es la verdadera pelea.

¿En qué nuevas películas están trabajando?¿Están buscando nuevos proyectos? 

Actualmente estamos trabajando en cuatro proyectos. Uno es un documental ópera prima de dos directores mexicanos, Tania Ximena y Yóllotl Alvarado, “La noche blanca”. Es sobre un pueblo que fue destruido hace más de 30 años por la erupción de un volcán; es  un documental muy arriesgado y distinto en su apuesta estética. También estamos trabajando en la nueva película de Ruben Östlund, “Triángulo de la tristeza”, en el documental “La memoria del monte” de la realizadora paraguaya Paz Encina, y en el nuevo documental de Lucrecia Martel, “Chocobar”.

En cuanto al futuro, siempre estamos buscando proyectos que tomen riesgos, que busquen empujar las formas, y siempre estamos abiertos a escuchar gente nueva, voces emergentes: no sólo hacemos películas de directores y directoras consagradas. Se nos puede buscar en las redes y siempre hay gente de Piano en los diferentes foros de coproducción. Para nosotros es muy importante impulsar nuevas voces y escuchar nuevas propuestas.